27 SEP 2011 LA VIDA COMO UN PROCESO DE DEMOLICIÓN

 Original: Revista Ñ

En esta edición impecable del “Crack-Up”, donde Francis Scott Fitzgerald pensó su bancarrota económica y espiritual, se leen las consecuencias de un mal de época.

Acaso sea pertinente preguntarse por qué este texto de Francis Scott Fitzgerald sobrevive tan bien o mejor incluso que sus novelas, cuentos, poemas o apuntes. Esta nueva edición argentina de Crack-Up, con traducciones de Marcelo Cohen, Martín Schifino y Matías Serra Bradford, incluye, además, un prólogo de Alan Pauls, una selección de los cuadernos del escritor, cartas a su hija, amigos, misceláneas, retratos de sus contemporáneos (sobresale el de su amigo y editor, Edmund Wilson) y un hermoso dibujo de Rep en la tapa. Pero tampoco falta, anotado acá o allá, el amor por su mujer, Zelda, su afecto y también el odio por otro escritor, Ernest Hemingway, forjado en las dos primeras década del siglo pasado, una especie de obituario, un poema de Wilson y otro del poeta estadounidense John Peale Bishop encabezado por un epígrafe del mismo Fitzgerald: “En la verdadera noche del alma son siempre las tres de la mañana”, la coloratura de las piezas centrales de este volumen.

Pensar la bancarrota

En “El Crack-Up”, “Pegamento” y “Manipúlese con cuidado”, escritos entre febrero y marzo de 1936, cuatro años antes de su muerte, Scott Fitzgerald piensa su bancarrota (moral, económica, espiritual, sanitaria) como una categoría que la psicología amarilla pretende transformar en una clínica, justamente contra la posición de su inventor, a quien jamás se le hubiera ocurrido semejante huida: calcular el momento de la caída es imposible, porque la caída ya sucedió, sin atender prevenciones, sin las luces de la angustia que se prenden por repetición o cercanía del objeto que la causaría. “Toda vida es un proceso de demolición, por supuesto, pero los efectos de los golpes que hacen la parte dramática del trabajo –los grandes golpes súbitos que vienen o parecen venir de afuera, los que uno recuerda, los que carga con las culpas, los que en momentos de debilidad les cuenta a los amigos– no se muestran en el acto. Hay otra clase de golpe que viene de adentro, que no se siente hasta que ya es tarde para tomar alguna medida, hasta que uno entiende irrevocablemente que en algunos aspectos nunca volverá a ser tan buen hombre como antes. La primera clase de rotura da la impresión de suceder rápido; la segunda clase ocurre sin que uno sepa, pero se hace consciente bien de repente”.

Alan Pauls habla del crack-up como un mal de época, y caracteriza a Scott Fitzgerald como el representante perfecto de esa época, anterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando la ilusión de que la técnica pacificara las pulsiones autodestructivas era soberana –a pesar de los escritos técnicos de Sigmund Freud, vigía solitario de una desilusión sin retorno. La depresión del 29 y del año 30, sobre todo en los Estados Unidos, operó como un tornasol sobre el crecimiento económico fundado en un positivismo de rostro humano que integraba batallones de excluidos bajo los protocolos del racismo contra negros e inmigrantes que destrozaría los lazos sociales de ese país (quizá salvado por cierta insularidad) pero que no tardaría en mostrar su costado más siniestro con el ascenso del fascismo en países como Italia, Alemania y España.

El desánimo y la depresión

Francis Scott Fitzgerald muere el 21 de diciembre de 1940 de un ataque cardíaco en Hollywood, intentando pagar los platos rotos de los años locos, tiranizado por guionistas ignorantes y eufóricos, que contrastaban con su vida de hombre agotado, casi un muerto en vida, después de vivir como un rico “desconfiando de los ricos pero trabajando para ganar lo que permitiese compartir su movilidad y la gracia que algunos de ellos dan a sus vidas”. Pasaron los años, los 25, los 35, “y nada volvió a estar igual de bien”, escribe el autor de El gran Gatsby en Los Angeles, lejos de su hija, de su mujer y amigos, empieza a pesar el desaliento, tan distinto del desánimo como de la depresión. “El desaliento tiene un germen propio, tan distinto de las dificultades como la artritis es distinta de una dureza de codo”.

El desaliento es el crack-up.

El crack-up produce al sujeto agotado, fisurado, desfondado, atacado por una racha intempestiva, inesperada, fuera de lugar. Scott Fitzgerald, al contrario que un fracasado, condensa una subjetividad inédita (que lo acerca a los personajes de Samuel Beckett): ese agotado en todos los órdenes del cual este libro es su cuaderno de bitácora.

Por: Pablo Chacon

 

 

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