25 ENE 2010 LA CONSTELACIÓN DE ANDRÓMEDA

 

 Original: El pobrecito hablador del siglo XXI

Estoy bajo los efectos del vértigo por tener que escribir sobre el poemario de una autora a la que ni siquiera conozco, de la que jamás he leído una palabra. Borges decía que la mejor manera de leer un libro era entrar virgen a él, es decir, desconocer todo lo paraliterario que lo rodea o que pudo haber influido en su creación, de manera que entre la obra ,el lector y su interpretación no hubiese más intermediarios que los ojos y el tiempo, aunque siempre he pensado que el consejo en cuestión no fue más que otra broma más del argentino, pues como todo el mundo sabe, Borges se leyó hasta lo que no estuvo escrito y resulta difícil creer que no conociese al contexto vital e histórico de cada unos de los autores a quienes visitó.

Lo único que yo sé de Mariel Manrique (Buenos Aires ,1968), autora de “La Constelación de Andrómeda”, es que actualiza diariamente su blog “Pájaro de China”; que tiene en Mª Jesús de “Paradela de Coles”, enIsabel Martínez y en Ramon Eastriver a sus amigos, y fieles lectores , quienes me han invitado muy amablemente a sumarme a la iniciativa bloguera titulada “La Semana de…” inaugurada alrededor, precisamente, de esta mujer , abogada, historiadora del arte y poeta que es Mariel Manrique, sin ser conscientes (o quizá a sabiendas) de que me han colocado al pie del abismo, sobre los mismos escollos sobre los que permaneció encadenada la pobre Andrómeda. La propia Mariel nos ofrece de sí misma algunos trazos a vuela pluma, en la solapa de la edición, y nos dice que “cree en la belleza de las piedras, y las bestias, el mensaje cifrado de las flores, la infancia como irrevocable patria de origen, los artistas como alquimistas y terapeutas, los amores como cartas marcadas y las batallas como puentes. Con ellos construyó esta constelación, su primer libro de poemas”.

Y es con la confesión de esos trazos personales con los que la autora estructura su primer libro de poemas, con sus siete particulares estrellas principales de la constelación de Andrómeda: las flores, los minerales, las bestias, los niños, los artistas, los amores y las batallas. Cada una de ellas eslabona el dibujo de su constelación literaria; con cada una de ellas Mariel Manrique se ofrece al lector con su mundo a cuestas, como una autobiografía en la mitad de su vida escrita a través de siete capítulos que se enlazan entre el cielo y el mito, porque “cada noche ella coloca su piedra de amatista debajo de la almohada para poder dormir y, si es posible, soñar y, si es posible, recordar el sueño “, aunque a menudo sirvan para algo diametral o aparentemente opuesto, como es “descubrir el subterráneo sentido de los concreto” . O lo que es lo mismo, la utilización de una galaxia personal, a veces onírica, repleta de fantasías y mitologías, admiradas figuras malditas del rock, pintores geniales, poetas del símbolo y de la lucha, insustituibles compañías esenciales, bestiarios particulares, arquitecturas eternas, o lugares de misticismos lejanos… para llegar a comprender la realidad del devenir propio, la que más se resiste en ser revelada en su forma real, la que discurre bajo las apariencias de lo cotidiano sin ser aprehendida, porque son necesarias altas dosis de valentía para acometer la tarea de desvelarla a través de las palabras, de manera que éstas no nombren o indiquen, sino que transporten a la autora y a quienes leen sus versos a lo profundo de su experiencia vital, al centro mismo de la “Constelación de Andrómeda.

En apariencia, el origen de la luz que ilumina cada una de las estrellas de esta constelación es alógeno, pero la lectura a fondo y a oscuras de los versos de Mariel -que es como hay que mirar al cielo- ilumina cada aspecto de su vida con el matiz exacto, preciso, que le conviene a cada momento del libro. Quiero decir que la autora se hace servir de un lenguaje sencillo, de términos cotidianos, sin engoles ni falsetes; sin timbales ni musicalidades forzadas, prescindiendo incluso de todo tipo rimas, incluso internas, porque de lo que se trata es de arribar al meollo de la vida con el propio equipaje: las palabras de la calle, la experiencia, la observación, y la memoria dentro de la bolsa, sin preocuparse demasiado por el orden en el interior de cada poema; utensilios usados, que no esconden la huella de su dueña, para un viaje lírico, introspectivo, hacia la señal de las luces que titilan la silueta de Andrómeda. Gracias a esa aparente modestia lingüística a Mariel Manrique le es dada la virtud de la imagen.

Es la hora del reverso ignorado y el castillo quemándose por dentro”. “La sirenita se muerde la cola y se ahoga en el mar”.
Me acarició la cabeza con sus manos/ y con su propio pañuelo perfumado la envolvió/, para que no enloqueciera”.
Niki de Saint Phalle empuñaba el rifle, disparaba sin titubear/y hacía estallar latas de colores/que se derramaban violentamente sobre la imagen.
Estoy acá sentada./ Viendo mis perros dormir y a mis plantas crecer./En estricto silencio…

Y así todo el libro, repleto de imágenes sugerentes, nuevas metáforas, y comparaciones, como cuando se extiende “sobre un papel blanco,/como un pájaro que tiene frío” o como la que define un solo de piano, que es “como una escalera ./ Meandros de seda agitados por interrogaciones, espacios suspendidos y sueltos como globos al azar”, recursos, éstos, que explican y presentan a la propia autora como artista y protagonista absoluta del libro.

Amores
Así que, si el libro de Manrique es un recorrido por sus propias esencias vitales, el amor debe ser, y es, una de las estrellas de la constelación poética que más brillen. Porque además, si algo destaca en el mito de Andrómeda es, precisamente, el tema del amor. La historia es conocida : Perseo, a lomos de Pegaso,